Trabajo en el Cercado de Lima y, por razones laborales, camino con frecuencia por su Centro Histórico.
También he tenido la oportunidad de conocer centros históricos de otros países y cada vez que regreso termino pensando lo mismo:
Lima no tiene nada que envidiarles.
Tenemos iglesias, conventos, balcones, casonas, plazas y monumentos que cuentan siglos de historia. No estamos hablando simplemente de un barrio antiguo: el Centro Histórico de Lima está inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO y conserva un conjunto arquitectónico y urbano de enorme importancia histórica para América Latina.
Tenemos, entonces, un patrimonio extraordinario.
Pero a veces pareciera que, en lugar de aprovecharlo para atraer visitantes, generar actividad económica y convertirlo en uno de los grandes destinos turísticos de la capital, hacemos todo lo posible para complicarle la experiencia a quien quiere conocerlo.
Y basta caminar unas horas por el Centro para darse cuenta.
Una Plaza Mayor que debería recibir, no alejar
La Plaza Mayor debería ser el corazón turístico de Lima.
Un visitante debería poder llegar, caminar tranquilamente, observar la Catedral, el Palacio de Gobierno y el Palacio Municipal, tomarse fotografías, descansar unos minutos y continuar recorriendo la ciudad.
Sin embargo, quienes frecuentamos el Centro hemos visto en diferentes oportunidades restricciones, rejas y controles que dificultan el acceso.
Entiendo perfectamente que puedan existir circunstancias excepcionales de seguridad que justifiquen restricciones temporales.
El problema aparece cuando la excepción termina sintiéndose como algo normal.
Una Plaza Mayor no debería transmitir la sensación de que el ciudadano o el turista es alguien de quien hay que protegerse.
El patrimonio se protege, pero también se vive.
Y protegerlo no debería significar impedir que la gente pueda disfrutarlo.
Queremos turistas, pero ¿dónde están los baños públicos?
Hay otro problema mucho menos monumental, pero absolutamente cotidiano.
Quienes caminamos por determinadas calles del Centro durante la noche o muy temprano sabemos de qué estoy hablando.
En algunos puntos el olor a orina resulta evidente.
Y ahí aparece nuevamente una pregunta de sentido común:
¿dónde están los baños públicos?
Queremos que un turista camine durante varias horas por el Centro Histórico.
Queremos que visite iglesias, museos, restaurantes, plazas y monumentos.
Queremos que permanezca más tiempo.
Pero algo tan elemental como encontrar un servicio higiénico puede convertirse en un problema.
No creo que esta responsabilidad deba trasladarse simplemente a restaurantes, hoteles o centros comerciales.
Los establecimientos privados pueden complementar el servicio, por supuesto.
Pero una ciudad que quiere recibir turistas necesita infraestructura pública básica, y los servicios higiénicos forman parte de ella.
La Municipalidad debería contar con una red suficiente de baños públicos limpios, seguros, accesibles, correctamente señalizados y distribuidos estratégicamente.
Se puede discutir el modelo de administración.
Puede existir mantenimiento municipal, concesión, asociaciones o incluso una tarifa razonable para garantizar limpieza permanente.
Lo que no tiene mucho sentido es que el servicio prácticamente no exista y después nos sorprendamos de que algunas personas utilicen la vía pública.
Antes de sancionar una conducta, también deberíamos preguntarnos:
¿le hemos dado al ciudadano una alternativa razonable?
¿Y qué estamos haciendo con nuestras casonas?
Hay otro problema que resulta imposible ignorar cuando uno camina por el Centro Histórico.
Muchas casonas se encuentran en condiciones preocupantes.
No estamos hablando únicamente de pintura deteriorada.
Estamos hablando de edificaciones antiguas, algunas con valor monumental, con problemas estructurales, tugurización o condiciones que ponen en riesgo tanto al patrimonio como a las personas que todavía viven en ellas.
En 2020 se reportaban 1,224 edificaciones en condición de inhabitabilidad parcial o total, estado ruinoso, tugurización u otras situaciones similares en el Centro Histórico.
La cifra debería preocuparnos.
Y nuevamente surge la pregunta:
¿qué estamos haciendo para recuperarlas?
Porque el patrimonio no desaparece únicamente cuando alguien lo demuele.
También desaparece lentamente.
Cuando una casona permanece abandonada durante décadas.
Cuando un balcón se deteriora.
Cuando una estructura sigue debilitándose.
Cuando una vivienda histórica se convierte en un riesgo para quienes la habitan.
Y cuando llega un incendio o un sismo, aquello que no protegimos durante años puede desaparecer en unas horas.
Aquí además existe un componente humano que no podemos olvidar.
Muchas de estas edificaciones están habitadas.
Por eso recuperar el Centro Histórico no puede consistir únicamente en pintar fachadas para que se vean bonitas en las fotografías.
Estamos hablando también de seguridad, vivienda y calidad de vida.
Tenemos diagnósticos. Lo que necesitamos son resultados
No podemos decir que nadie conoce el problema.
Existen planes.
Existen estudios.
Existen inspecciones.
Existen normas.
Existen instituciones dedicadas a la recuperación del Centro Histórico.
Entonces necesitamos comenzar a medir otra cosa.
¿Cuántos inmuebles en riesgo se recuperan realmente cada año?
¿Cuántos dejan de ser inhabitables?
¿Cuántas familias pasan a vivir en condiciones seguras?
¿Cuántos monumentos son recuperados integralmente?
¿Cuánto patrimonio dejamos de perder?
Eso debería formar parte de los resultados que el ciudadano pueda conocer.
Porque no tiene mucho sentido invertir recursos en promocionar el Centro Histórico mientras permitimos que parte del patrimonio que queremos mostrar continúe deteriorándose.
Una casona recuperada puede volver a generar ciudad
Y aquí también existe una enorme oportunidad.
Una casona recuperada no tiene por qué convertirse exclusivamente en un edificio para mirar desde afuera.
Puede albergar vivienda.
Un pequeño hotel.
Un restaurante.
Una librería.
Un museo.
Un centro cultural.
Talleres.
Comercio compatible con el patrimonio.
Hay muchas maneras de recuperar edificaciones históricas y, al mismo tiempo, devolver actividad económica y población al Centro.
El objetivo debería ser tener un Centro Histórico vivo.
No un museo vacío.
No una colección de fachadas.
Una ciudad donde las personas vivan, trabajen, coman, compren, paseen y quieran regresar.
Peatonalizar sí. Improvisar, no
Otro tema que vivimos quienes trabajamos o transitamos por el Centro es la movilidad.
Cerrar una calle a los vehículos no es necesariamente algo malo.
He conocido centros históricos de otros países donde amplias zonas son peatonales y funcionan extraordinariamente bien.
La propia Municipalidad de Lima ha desarrollado varias etapas de peatonalización en el Centro Histórico, incluyendo intervenciones en jirones como Conde de Superunda, Callao, Junín, Lampa, Camaná, Azángaro y otros, con el objetivo de recuperar espacio público y favorecer la actividad turística y comercial.
Entonces el problema no es peatonalizar.
El problema es pensar que una calle puede cerrarse sin preguntarnos qué ocurre con todo lo demás.
Si cierro una vía, ¿dónde irá ese tránsito?
Si reduzco una calle de dos carriles a uno, ¿qué efecto tendrá en las vías cercanas?
¿Dónde estacionan quienes necesitan ingresar?
¿Cómo reciben mercadería los comercios?
¿Cómo ingresan los residentes?
¿Cómo acceden taxis, ambulancias, bomberos o personas con movilidad reducida?
¿Cuál es la alternativa de transporte público?
Los propios proyectos de peatonalización han requerido planes de desvío vehicular, precisamente porque una modificación en una calle afecta a las demás.
Peatonalizar puede ser una excelente decisión.
Pero tiene que formar parte de una política integral de movilidad.
Una ciudad no mejora cuando simplemente trasladamos el tráfico de una calle hacia la siguiente.
Hay que caminar el Centro para entenderlo
Hay cosas que un plano no puede mostrar.
Hay que caminar el Centro Histórico.
Hay que estar allí temprano en la mañana.
A la hora de ingreso a las oficinas.
Al mediodía.
A las seis de la tarde.
Y por la noche.
Hay que observar al trabajador que intenta llegar a tiempo.
Al comerciante que necesita descargar mercadería.
Al vecino que vive allí.
Al turista que busca un baño.
Al adulto mayor que tiene que caminar varias cuadras.
Al conductor que descubre que una calle está cerrada.
Al visitante que llega por primera vez y no sabe hacia dónde dirigirse.
Muchas decisiones pueden parecer impecables en un documento.
Pero una ciudad no existe solamente en los documentos.
Hay que experimentar la ciudad que se administra.
Quienes toman las decisiones sobre el Centro Histórico deberían recorrerlo permanentemente.
No solamente durante inauguraciones.
No únicamente cuando hay cámaras.
Caminarlo permite entender problemas que desde una oficina posiblemente nunca aparecen.
Tenemos todo para convertirlo en un gran destino turístico
Lima tiene una enorme ventaja.
Muchos visitantes internacionales llegan primero a nuestra capital antes de continuar hacia Cusco, Arequipa, Puno, Ica, la Amazonía u otros destinos.
Entonces deberíamos hacernos una pregunta muy concreta:
¿qué estamos haciendo para que ese turista quiera quedarse un día más en Lima?
Un Centro Histórico recuperado puede generar mucho más que fotografías bonitas.
Puede generar trabajo para restaurantes.
Hoteles.
Guías turísticos.
Museos.
Artesanos.
Taxistas.
Comerciantes.
Actividades culturales.
Es decir, recuperar el patrimonio también puede generar desarrollo económico.
Pero el turista evalúa toda la experiencia.
No solamente la Catedral.
No solamente un balcón restaurado.
Evalúa si se siente seguro.
Si encuentra información.
Si las calles están limpias.
Si encuentra un baño.
Si puede desplazarse.
Si puede sentarse.
Si puede visitar la Plaza Mayor.
Si existe actividad después de determinada hora.
Y finalmente decide si quiere permanecer allí o regresar rápidamente al hotel.
No deberíamos escoger entre patrimonio y ciudad
A veces pareciera que tenemos que elegir.
O conservamos el patrimonio o permitimos que la ciudad funcione.
O peatonalizamos o permitimos vehículos.
O atendemos al turista o atendemos al residente.
No debería ser así.
Un Centro Histórico correctamente administrado tiene que ser capaz de hacer varias cosas simultáneamente.
Conservar el patrimonio.
Permitir que sus residentes vivan dignamente.
Facilitar el acceso de quienes trabajan allí.
Mantener actividades económicas compatibles.
Recibir turistas.
Ser limpio, seguro y accesible.
Ese equilibrio es justamente el trabajo de una buena gestión urbana.
Hagamos una prueba muy sencilla
Tal vez podríamos evaluar el Centro Histórico de una manera menos complicada.
Tomemos a una persona que nunca ha visitado Lima.
Dejémosla en la Plaza Mayor y pidámosle que pase todo el día recorriendo el Centro.
Y luego hagámosle algunas preguntas:
¿Pudiste ingresar tranquilamente a la Plaza?
¿Encontraste información turística?
¿Encontraste baños públicos?
¿Las calles estaban limpias?
¿Te sentiste seguro?
¿Pudiste caminar cómodamente?
¿Fue sencillo trasladarte?
¿Encontraste lugares donde descansar?
¿Te parecieron bien conservadas las casonas?
¿Te quedarías hasta la noche?
¿Volverías?
¿Recomendarías el Centro Histórico de Lima a otra persona?
Las respuestas probablemente nos dirían muchísimo.
Quizá incluso más que algunos indicadores administrativos.
Tenemos el patrimonio. Hagamos que funcione
Tenemos historia.
Tenemos arquitectura.
Tenemos gastronomía.
Tenemos iglesias.
Tenemos conventos.
Tenemos museos.
Tenemos balcones.
Tenemos plazas.
Tenemos cultura.
Y tenemos un Centro Histórico cuyo valor universal ya ha sido reconocido internacionalmente.
Lo que necesitamos es conseguir que todas esas piezas funcionen juntas.
No basta restaurar un monumento si la calle alrededor está abandonada.
No basta peatonalizar si no solucionamos la movilidad.
No basta atraer turistas si no existen servicios básicos.
No basta declarar una casona patrimonio si permitimos que termine colapsando.
Y no basta decir que tenemos uno de los centros históricos más importantes de América Latina.
Tenemos que demostrarlo en la experiencia cotidiana de quienes lo visitan y de quienes viven y trabajan allí.
El patrimonio no debería estar únicamente para ser protegido.
Debe ser vivido, disfrutado y aprovechado responsablemente.
Tenemos un Centro Histórico extraordinario.
La verdadera pregunta es:
¿cuándo comenzaremos a tratarlo como tal?
Miguel Angel Espinoza Torres

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